Cuando regresábamos de Río Limpio...
El chofer decía
que no se movía de ahí, que no podía dejar la guagua sola, y la
primeriza no quería subir y nos miraba con cara de "yo se los dije,
yo se los advertí".
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Algunas anécdotas dan vergüenza contarlas, porque te desnudan y
dejan a la intemperie tus miedos y frustraciones de una manera
burda y desconsiderada. Pero a la vez una siente que, si no las
cuenta, se comporta como toda una egoísta. Así que….
En enero pasado y como cada año nos fuimos con Xiomarita Pérez
(directora nacional de Folklore), sus dos hijas y otras amigas a
visitar a los niños de Río Limpio. Siempre nos paramos en El 14, en
la casa de
Lupe Valerio (justo donde inicia el camino hacia
Río Limpio que se desprende de la carretera Loma de
Cabrera-Restauración), a comer gallina criolla con yuca y a bailar
perico ripiao con los músicos de Lupe. Las chicas de la
chercha solemos bajar una cuesta hasta el Neita, un riíto
cercano que corta el camino (a unos 500 metros de la casa) y luego
subirla de nuevo en medio de divertidas quejas y protestas. Es que
el camino es un desastre. De aquí pa llá es una bajada y
de allá pa cá es una subida. Pero así de chéveres nos
veíamos (primera foto) dos días antes de que pasara lo que pasó. En
esta ocasión viajábamos en un autobús de la UASD que el chofer cuidaba y celaba en
cantidad. Ah, él era el único hombre entre 11 mujeres y casi ni
hablaba.
Bien. De regreso
pa la capi nos paramos en el
río Artibonito para el chapuzón obligatorio. Una invitada
primeriza medio se quilló, dizque porque se hacía tarde y estaba
nublado. Efectivamente, al rato de seguir el viaje la niebla y el
frío se adueñaron de todo y comenzó a llover. En un momento debimos
bajar de la guagua para que el chofer pasara liviano por el camino
ya agrietado entre dos precipicios. (Segunda foto). Nos subimos de
nuevo pero al llegar al riíto de la cuesta sabíamos que el autobús
(el chofer ni lo intentó) no podría subir: el camino se había
convertido, enterito, en un solo lodazal. Eran como las cinco pero
parecía más tarde. Las aguas del riíto comenzaban a
subir.
Una moto que bajaba
con una chica atrás patinó y conductor y chica cayeron al lodo.
(Tercera foto). Algunas camionetas de doble cabina (privadas y de
servicio de transporte) lograban subir y varios choferes de la
zona, "mire que conocemos muy bien esa subía", se
ofrecieron para pasar nuestra guagua, cosa que el chofer declinó
porque ese vehículo era su responsabilidad y no dejaría que nadie
la manejara. "Y yo soy tan buen chofer como ustedes y sé que no
podré subir y no pondré en riesgo a esta gente". Hasta los
militares del puesto El 14 ayudaron a subir con sogas los vehículos
menos afortunados.
Y así fue como nos quedamos solos. Solitos en el monte. Xiomarita,
que se sentía responsable del grupo, subió la cuesta creo que con
Noris Decena y comenzó a gestionar ayuda desde la carretera.
Y a esperar se ha dicho. El único teléfono con
señal tenía la batería por el suelo y había que reservarlo para
cuando Xiomarita llamara.
Por más cuentos que
hicimos, por más que nos reímos, la lluvia no paraba y se hizo de
noche. Y llegó el momento de la verdad. ¿Qué
pasaría si nos quedábamos allí varados, si Xiomarita no conseguía
ayuda, si teníamos que amanecer por ahí, si el río subía y, como
nos habían contado, inundaba los alrededores? Y empezamos a sentir
miedo. De verdad. Decidimos que lo mejor era intentar subir la
cuesta despacito hasta la casa de Lupe llevando sólo lo
indispensable y una toalla por si había que amanecer en el
piso. El chofer decía que no se movía de ahí, que no podía
dejar la guagua sola, y la primeriza no quería subir y nos miraba
con cara de "yo se los dije, yo se los advertí".
Cuando las esperanzas pasaban de color verde a marrón, Xiomarita
logró comunicarse y nos informó que pidió bolas hasta Restauración
y que mendigó (toda una odisea que merece una historia aparte) un
tractor que subiría la guagua. Como no teníamos idea de si la
operación resultaría exitosa, de todos modos comenzamos a subir la
cuesta a pie y cuando las últimas chicas estaban a punto de llegar
a la casa de Lupe apareció Xiomarita encima de un tractor. Eran
casi las nueve, creo…
Xiomarita nos contó que había llamado al Listín y que al contarle lo ocurrido
al jefe de redacción nocturno se pusieron en contacto con el
corresponsal de Dajabón y que hicieron todas las llamadas posibles
en busca de ayuda.
Yo me imaginaba al
siempre dispuesto Javier Valdivia en medio de la
redacción, con el teléfono en la mano, con la expresión
grave, preocupado, tratando de comunicarse con alguien, caminando
por el pasillo, y a los muchachos (hora pico) cuchicheando primero
y luego riéndose y burlándose al saber lo que nos había pasado.
Jíbara al fin, hasta pensé no ir a trabajar al día siguiente,
para que no me miraran. Pero na, que cuando llegué
ningún ser vivo me miró ni dijo nada relacionado con el
incidente…
Aliviada,
escribí sobre el mal estado del camino que lleva hasta Río
Limpio y otras cosillas y, qué creen, hace unos días me contaron
que ya lo están arreglando…
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